jueves 4 de junio de 2009

Imagino

Todavía imagino que llego de la Universidad y él está en la casa. Viendo tele o regando el jardín delantero. Con el perro a un lado, que lo mira, se pasea, corre y ladra con ganas de arrancarse. Veo cómo se toma el vaso de jugo caliente, se saca los lentes y engulle la caja completa de pastillas anticoronarias. Se recorta los bigotes y peina las canas cada vez más tupidas de la cabeza. Y que ni se imagina hasta dónde es capaz el hombre de esconder en la mente sus propios males.

Tengo varias teorías. Entre ellas, que se fue a recorrer lo que le faltaba de mundo. Volvió a Nueva Zelandia, siguió a Israel y pisó, un poco más tranquilo, Inglaterra. De vuelta, siempre supe que aprovecharía de dar una pasadita por Yungay, por el Novedades, el Municipal y el último corte de pelo en la peluquería de Huérfanos. Si mis cálculos son correctos, debe andar sobrevolando las Azores.

También se me ocurre que se quedó merodeando el hospital. La última vez que lo vi estaba tan picado con las enfermeras y los paramédicos, que decidió arrinconarse en la 12 y murmurar contra sus captores. Quizás fue por todo lo que vio. Por todo lo que descubrió. Por todo lo que se conoció a sí mismo. Por las muchas veces que trató de agarrarme el codo con su brazo izquierdo y yo no me di ni cuenta.


En una de esas, partió a vivir con Luchín. No el de Víctor Jara, sino su hermano. El mayor, el parecido. Se ven tan iguales. Se veían tan iguales. Luego de tanto tiempo separados, me parece justo que vuelvan a reunirse un rato. Para mirarse bien a los ojos. Aunque sería igual de justo que me pegara una llamadita al celular, a la casa, escribiera un mail o simplemente me hubiese avisado qué micro tomar para ir a acompañarlo al Salto.

Es lógico que se haya enojado con nosotros y con Riquelme. Coludidos todos, permitimos que todo pasara como lo natural que es. Y él sabía. Sentía. Desde Junio o Julio de 2008 que tenía la suerte echada. Y comenzó a escribirla en las neuronas, la pasó al papel y con los dedos temblorosos la transcribió en el computador. Aburrido de la pega. Aburrido del desgano. Aburrido de tantas cosas que ni él sabía. Mientras nos guardábamos secretos. Y conversábamos en silencio. Calladitos. Arreglábamos el mundo, ocultos en la pieza del computador. Le mostraba fotos y videos, oía música y mis textos. Leíamos. Nos leíamos los ojos. Nos leíamos las manos. Y encontramos en los abrazos los textos más completos de nuestra vida. Que de a poco claudicó. Y me lo dijo en silencio. Muy despacio. Un día que luego de los dolores, almorzamos juntos y no quiso comer pan. Ambos presentimos.

Me pidió que ordenara su memoria. Me sugirió tomar fotos. Me advirtió. Nos advirtió desde chicos. Me miró tenso. Tan tenso que se me endurecen las manos y pestañeo una y otra vez. Porque se alejó corriendo. Una maratón interminable, inalcanzable. Tan extenuante como vivir en la angustia de hacer lo que no nos gusta. O tan triste como recordar que aquel 19 de abril, cuando quisimos cruzar Manuel Montt los cuatro juntos, tuvimos que esperar que pasara la gente trotando, camino a la meta que a nosotros nos pegó en la frente. Ibamos camino al encierro, sin calentamiento previo.

Con todo esto, yo me pregunto si pasar Agosto finalmente era necesario.

domingo 3 de mayo de 2009

Profesor de seducción MADE IN CHILE

Don Juan Seduxión

Le gustan las mujeres, ligar con ellas y encarar a las que pueda. De galán corriente a seductor profesional, convirtió su hobby en un trabajo con buenos dividendos. Es Lucas Facundo, el único chileno que podría enseñarle cómo atraer a la chica soñada y no espantarla en el intento.

-A ver, espérame un segundo –interrumpe Lucas, rascando su barbilla.
Salvo por dos guardias inquietos, un escolar despistado y una veinteañera sentada en el suelo, a las cuatro de la tarde, la estación San Ramón del metro está casi vacía. La escena es la siguiente: en un instante, la chica es abordada por Lucas. A los pocos minutos, ella raya un papel. Segundos más tarde, el “galán” ya consiguió un nuevo contacto telefónico. “Yo siempre digo a mis clientes que se enfoquen en muchas mujeres. Así, cuando estén solos y deseen una, no será difícil conseguirla”. Queda claro: el hombre sabe lo que hace. Y para mejor, practica.

De entrada, Lucas expone sus condiciones de privacidad. No tiene apellido, trabaja sin revelar dónde, y vive en alguna comuna de Santiago junto a sus padres.
Tiene 27 años y sólo Facebook lo delata. En la red, la principal creencia religiosa de Lucas Facundo Sedux Seducción essargear(*) y seducir”. Un pasatiempo que hace seis meses, luego de leer e investigar, finalmente profesionalizó. Por 15 mil pesos las dos horas, “accesora” (SIC) gente como profesor particular de seducción. A la fecha, dice ser el único en Chile.

Su publicidad está en Internet. Cuenta que registra casi 50 alumnos en su historial. En un principio, quiso cobrar por la entrevista. Luego, se arrepintió. Costó ubicarlo, pues su celular a veces falla Y minutos antes de aparecer en la estación, cuando el sol comenzaba a dorar el andén del metro, estaba con una de sus tantas conquistas. “Me tengo que juntar con una amiga…bueno, más que amiga”, contaba riendo al teléfono un par de días antes.

Lucas mide casi 1,70, usa gel y tiene los ojos café. Mira de frente al saludar. Y no deja de hacerlo durante toda la conversación. Se asoman algunos vellos del pecho sobre el tercer botón abierto de su camisa blanca. Bajo ella, un par de collares. Más abajo, un pantalón beige claro y zapatillas de tono similar. En el aire y su cuerpo, “Diávolo” de Antonio Banderas.
Prende un cigarrillo, cruza las piernas y mira hacia el sur. Fuma, bota el humo y cada vez que termina alguna frase extensa, muestra los dientes. Acto seguido, levanta labios y cejas con total seguridad. Al rato, parece tic.
-Muchos me han preguntado si soy argentino o paraguayo, más que nada por lo de encarar mujeres.
-¿Por ser canchero?
-Me carga esa palabra y también galán –dice, frunciendo el ceño y desaprobando con su rostro bronceado. El canchero es el tipo que llega donde una mujer en la onda de ‘sabes que te quiero conocer, yo soy lo máximo’. Alguien así me desagrada. O el clásico jote, que igual me apesta.

Lucas perdió su virginidad en el cerro Santa Lucía, ha tenido sexo oral en el San Cristóbal, recomienda miradores y “lugares típicos (como) la arena, la playa, el campo, parques y plazas”, según recuerda.

-¿Pura calentura?

-Es por tres cosas. La calentura, el momento y que me gusta la adrenalina. Me gusta el riesgo.
-¿Y el auto?
-No lo tengo como sexo-móvil o como cacha-móvil. Sin embargo lo he hecho allí. Más de alguna. Unas diez veces, aprox (SIC).

Las técnicas de seducción han permitido tantas incursiones inéditas en su vida, que a estas alturas Lucas no se considera un semental, pero sí un buen besador. Además, tiene respuesta para toda clase de imprevistos, un speech para encarar vía Messenger y trucos de magia para impresionar a quien tenga en frente.
No importa si está en la calle, en el mall o en una discoteque, siempre es momento para abordar una mujer. Con pareja o soltera. Eso da lo mismo. Si algo sale mal, no perseguirá ni rogará a nadie. “Yo sigo jugando”, agrega, "porque va en uno demostrarle a ella que te importa una raja todo lo demás".

Lucas ensaya un forcejeo de palabras imaginario:
-Hola, sabes que te vi de lejos y no me aguanté las ganas de venir a hablarte. Qué tal, soy Lucas –estirando la mano.
-Opción a) “Ah, yo no hablo con desconocidos”; b) “¿Sabes?, estoy pololeando”
-Me da lo mismo si estás pololeando. Te quiero conocer a ti, lo demás no me importa.
-Oye, ¿Tú a todas les preguntas lo mismo?
-Qué importa como yo encaro a las demás personas, ahora te estoy hablando a ti y a ti te quiero conocer –mirando a los ojos.
“También puedo ser divertido y responderle ‘sí, encaro a todas en la calle, especialmente a las que andan de negro y con lentes azules, como tú’”, que es la otra alternativa.

La experiencia chilena en materia de seducción , aparentemente, no tiene competencia local, pero sí internacional. A “Hitch, el seductor”, película protagonizada por Will Smith y a ciertos textos canadienses que Lucas no precisa, se suma una escuela dirigida por dos profesores trasandinos.
-¿Sabías que hay quienes enseñan lo mismo que tú, en Argentina?
-Los conozco…conozco a uno en persona.
-¿Tú viajaste o vino a Chile?
-No, me enteré por fuentes cercanas que uno vino. El hombre hizo un pequeño seminario. Me contó un amigo, de un amigo, de un amigo.
La calidad del bonaerense, en palabras del Don Juan santiaguino, parece cuestionable. “No me puede enseñar nada que yo no sepa”.

Lucas es enfático en tod
as sus respuestas. No duda ninguna. Es tiempo de ponerlo a prueba.

Ella no tiene más de 17 años. Va caminando veloz, cruzando el parque La Bandera hacia el sur. “¿Quieres que la encare?”, pregunta Lucas apurando el tranco, tras guardar las llaves de auto en su bolsillo. Paso tras paso, la chica se aleja. Vistiendo minifalda, polera ajustada y zapatillas, agita su menuda figura sobre los pastos del lugar. Luz verde para ella. Luz Roja para él. “Filo, se fue, iba muy rápido”, dice, mientras la joven se escapa entre los pasajes. La técnica principal de Lucas es la práctica. “Yo estoy en constante experimentación. Aprendo algo, lo ensayo, error, éxito”.

Al rato, se presenta una nueva oportunidad. Primero la rechaza, haciendo ademanes para dar a entender que es “medio gordita”. Pero el coraje es más fuerte. Ella va lento, no es difícil alcanzarla. Una pareja de colegiales sentados en el parque lo miran pasar. Tras la chica del metro, este será el tercer intento del seductor en menos de dos horas.
Lucas Facundo se acerca, le habla, apunta a los escolares y vuelve. Al parecer algo salió mal. “La venía a buscar su pololo”, se excusa, mientras una camioneta negra cargada de hombres se la lleva.
-¿Qué le dijiste?
-Le pedí un cigarro y le pregunté si le pasaba algo, porque iba caminando cabizbaja. Puse mi mano en su hombro y el cuerpo en diagonal. Sólo la cara hacia ella –explica y ejemplifica corporalmente.
-…
-Luego le dije ‘¿ves a esos niños allá? Ellos tienen cigarros. Yo también. Esta era sólo una excusa para hablar contigo’.
La lección termina. Lucas no quiere otra entrevista, pero pide leerla. Sacará un libro que espera vender por Internet con tarjeta de crédito y necesitará promoción.
Antes de partir en el deportivo que abolló a la salida de un motel en Gran Avenida, aclara que no todos son seductores por naturaleza. Por eso su trabajo de profesor es necesario. Y es que “el que no nace, se hace”.


¿QUIERE APRENDER, TAMBIÉN?
Mail: como_seducir@hotmail.com
Facebook: LUCAS FACUNDO SEDUX SEDUCCION

viernes 1 de mayo de 2009

Juan Ayala, vocalista de Juanafé (Extracto)

El cantante de Juanafé,
Con los pies en el barrio

El viaje que Juan Ayala hizo desde Conchalí a la Quinta Vergara demoró casi 29 años. Tiempo de arrabales, fiestas, gitanos y recuerdos. Esta es la historia NO musical de cómo lo preparó.

(EXTRACTO)

“La puerta se abrió de golpe. Entraron armados. Ambos niños gritaron y botaron lágrimas que corrieron de los ojos al cuello. La madre intentó tranquilizarlos, arrullando sus cabecitas agitadas en el pecho. El trámite duró un par de minutos y José Carrasco Tapia salió de la casa con las manos atadas. Ellos lo vieron. Vieron cómo con toda la vida a sus espaldas, ese ocho de septiembre desapareció su padre. La espera por conocer su paradero, fue igual de rápida. Al día siguiente apareció asesinado. Acribillado a balazos. Muerto por venganza…Eso y tanto más conmemoramos hoy. Pueden irse, ya que esta fue la clase de Historia. Ahora, yo me voy a marchar, porque las piedras son la mejor manera de recordarlo”.

A principios del ’96, la clase quedó en silencio. En el preuniversitario popular organizado por estudiantes de la Universidad de Chile, el curso de Historia prefirió callar.
Ese día, los escolares se mantuvieron atónitos, hasta que el joven profesor salió de la sala. No tenía más de 25 años. Al fondo, se escucharon los primeros murmullos:
-¿Sabí cuál es el nombre completo del profesor?- musitó Gloria.
-No, no- respondió Juan, casi sin pestañear.
-Luciano Carrasco…él es uno de los hijos de Carrasco Tapia.
Con 17 años, Juan Ayala Zaror, no supo que decir. De Conchalí, rapado y con bototos, notó un cambio inmediato. Por primera vez en su vida, frente a frente, le había hablado un testigo directo de los crímenes. Por primera vez, le habían transmitido dolor tan profundamente.

En aquella oportunidad, “Juanito” volvió a casa sin siquiera lanzar una piedra. Esa tarde de marzo dibujó y rayó cuadernos durante horas. Tal como lo venía haciendo en los últimos años, encerrado en su casa. Atrincherado en su pieza. Porque ese Día del Joven Combatiente comprendió que “algo andaba mal” y que las ingenuas fotos del General Pinochet en el living de su casa no tenían razón de ser.


Cuando Leonidas Ayala y Sandra Zaror, los padres de Juan, salían del trabajo, a diario acudían a buscarlo junto a su hermano Emilio. Pasaban gran parte del día en la casa de sus abuelos maternos. Allí, en el pasaje Chépica de la comuna de Conchalí “había mucho cariño y respeto”, dice. “Era un ambiente increíble y me divertía mucho. Pero mis abuelos eran de malas juntas. Lanzas, putas…siempre había gente en la casa. El carrete era de todos los días. Sin parar. Cuando llegaban mis viejos, yo no quería irme”. La transa frecuente que sus abuelos tenían con los gitanos de la zona norte, elaborando tapices y cosiendo las brillantes telas con que armaban sus carpas, era el germen de la fiesta. Para Juan, algo casi inevitable. El colegio Blue Bell, donde cursaba tercero básico, quedaba a pocas cuadras de la esquina que junta las calles Palmilla y Zapadores. A metros de la casa de sus abuelos. A pasos de las quintas de recreo del barrio. A un lado de los amigos, el palomilleo y las pichangas de niño. Los Ayala Zaror no tenían dinero para contratar una nana que lo cuidase.

Los viajes de vuelta hacia el hogar, a eso de las ocho, eran tétricos. La ruta en auto tenía su fin en un pequeño pasaje por San Diego, casi al llegar a Avenida Matta, donde vivía Juan y su familia. Cada anochecer, el inevitable y sórdido paso por Vivaceta “era lo peor. Nos cagábamos de miedo y chillábamos”. Los hermanos sabían que “estaba lleno de maricones” y agachaban la cabeza, escondiéndose todo el trayecto bajo las luces anaranjadas de los focos callejeros. A esa hora y ante el gris tono citadino, los colores y el brillo de los soleados tierrales nortinos desaparecían.
Aquel recuerdo es de los tantos que Juan Ayala rememora una y otra vez. Se trata de su vida: un constante cambio de switch y “apertura de ojos”, agrega.

Juan es Juanito porque no llega al metro sesenta y cinco de estatura. Sin embargo, no duda en agitar las manos y levantarlas simulando tambores cuando se pone a hablar de música. Sus ademanes, a veces tercos, son entradores. Levanta las cejas, se ríe, ríe más y rasca la barba de chivo que hace años conserva. Pocas veces se arrellana en la silla, salvo cuando empina el vaso plástico a medio llenar con cerveza. En “Los chinos” de Santa Isabel, donde los orientales venden wantán y arrollado primavera de día, algunas cervezas por la tarde y en la madrugada funcionan como after, el rockero son de los parlantes apenas deja hablar.

Entre palabras, aprovecha de abrir el cierre de la chaqueta rojinegra y deja a la vista una polera naranja que reza “No a Pascua Lama”. Una reivindicación medioambientalista, cuyo significado cobra importancia para él. Tanto como las memorias de su familia y la historia del barrio: las ideas que hace un par de años comenzaron a dar vueltas en su cabeza semi calva y que lo pusieron a investigar el pasado. Está claro que Juan Ayala, a los veintinueve años, es lo que su crianza arrabalera formó: “mi abuela era lo mejor”.

Sus cuatro abuelos se conocieron en Santiago. Haciendo negocios por San Diego, elucubrando fiestas y rindiendo culto a la jarana en el barrio bohemio que se perfilaba desde la calle Bandera hacia el sur. En las cuadras del centro, todos tenían una cosa en común: el amor por la fiesta. Allí nacieron sus hijos y así se conocieron los padres de Juan.

Por eso él paseó hasta los ocho años entre la zona norte de ciudad y las veredas del Parque Almagro. Entre gitanos y putas. Entre lanzas y vagos. Por los patios de la vega que tanto cita al hablar. Y por las quintas en que Juan comía charqui y tomaba néctar, mientras el resto se emborrachaba. Lugares, gente y situaciones que recuerda como las canciones de su historia. “Yo tengo grabados los colores hermosos de esa época. Y si bien mis papás eran fríos y funcionaban casi como proveedores, yo fui feliz…mi infancia fue feliz”.

(…) Tuve la suerte de nacer en barrio viejo, en la capital. Más de setenta años, señor. La edad de mi abuelo. Hombre que llegó hasta acá cuando puro potrero había en este lugar.
“Barrio Viejo” / JUANAFÉ


Foto 1: Diario El Siglo
Foto 3: Magiko Bar

Árbol en Chile / PANIKO

Árbol: Las astillas del Monsters of Rock

Llegaron esperanzados, aunque advertidos. Se fueron felices, pero escupidos. En esta crónica, revivimos la ruta al fallido patíbulo que la banda argentina vivió en su segunda visita a nuestro país: teloneros de Ozzy, KoRn, Black Label Society y los escupos.
Por Francisco Padilla

El público ruge y “aquí están los gladiadores”, exclama riendo el guitarrista Hernán Bruckner. “Atentos que ya viene Nerón”, no tarda en contestar Martín Millán, el baterista de Arbol. Aunque músicos, en la pista atlética del Estadio Nacional, ambos son luchadores. Armados de guitarra, uñetas y baquetas ante la temeraria y numerosa lista de leones, tigres y otros animales hoy mutados en espectadores. El Circo Romano se llama Monsters of Rock. Y la víctima: los argentinos Árbol (Haedo, 1994).


Poco conocidos en Chile. Odiados y amenazados por el ortodoxo público rocker local. Culpables de haber sido invitados a compartir escenario con el Príncipe de las Tinieblas, Ozzy Osbourne, los cuatro de Haedo –combativa zona rockera emplazada al oeste del Gran Buenos Aires- están a punto de pasar por un aserradero (sic). La metáfora es evidente, tras leer dicho comentario en el sitio Toma.cl. Lo saben ellos, el equipo técnico, su manager, el promotor en Chile y este periodista. Todos atrincherados en el backstage del show más atemorizante de su carrera.

Junto a Sebastián Bianchini, bajista, Martín y Hernán caminamos al escenario. “Vamos hacia el patíbulo”, espeta uno. Los tres ríen. Están nerviosos, pero no preocupados. Falta una hora para el show, la gente ya entró, la mayoría de negro. Los tres argentinos observan entre telas y parlantes. El respetable ya está en posición. No los espera a ellos; de hecho, la mayoría se apresta a gritarles y escupirles hasta la última gota de saliva. Las advertencias llegaron por mail y a través de cyber foros. Sólo Michelle (26), una de las pocas seguidoras en Chile, acongojada escribió “por favor, no vengan”.

“Yo quiero que la gente diga ‘los re cagamos a escupitajos, pero estuvo buenísimo’”, explica Pablo Romero (Pablito para los fans, vocalista y frontman de la banda). “Sabemos a lo que vamos”, agrega a pocos minutos de emprender rumbo desde el hotel a Ñuñoa, con la misma mirada cándida y de ojos muy abiertos que puso al oír un sagaz “¡Aguante Árbol!”, entre los seguidores de Zakk Wylde y Black Label Society. “Hoy todo va a andar bien”, es su consigna.

En Argentina, Árbol adquirió renombre a partir de 1996 con su producción “Jardín frenético”, la cual dio el vamos a una ecléctica carrera de sonidos identificados con el rock, hardcore, funk y folklore. Utilizando, incluso, instrumentos no tradicionales para el común de las agrupaciones porteñas.

Influenciados por Faith No More, Mano Negra y los populares Redondos (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota), según cuentan en el documental “Me gustaría decirte tantas cosas”, fueron habituales sus shows en locales underground como el “Mocambo”, donde promocionaron sus primeras creaciones.

Elegidos “Banda revelación” por Sí! (Clarín) en 1999 –de la mano de su LP homónimo- dieron un salto a escenarios mayores y al reconocimiento popular, afincado en los discos “Chapusongs” (2001) y “Guau!” (2004 y disco de oro). De todos ellos, ninguno editado en Chile. Bajo esta premisa, dichos discos son aglutinadores de canciones desconocidas para el melómano oído criollo. Mientras que para la vista, Pablo, Martín, Sebastián y Hernán son simples desconocidos con tan sólo una aparición anterior en La Batuta el año 2006. Con su más reciente producción en mano, llamada “Hormigas” (2007), hoy son los responsables de la iracunda rabia metalera que ha prometido pifias por lo bajo, y escupos por lo alto.

“Los vamos a matar, Ozzy, Ozzy”, es el cántico del camarín, replicando un supuesto “Oh sí, oh sí” en clave barrera. Árbol se toma el show con humor. Está claro que son carne de cañón y que poco importan los 13 años de trayectoria, la vasta popularidad en sus tierras, el trabajo con Gustavo Santaolalla (Julieta Venegas y Café Tacuba, entre otros) o la buena recepción mediática.

Durante los últimos días, la reacción manifiesta de los metaleros pelilargos ha sido buscarlos, por ejemplo en Youtube. Siguiendo esa lógica, la carta de presentación es “El fantasma”. Luego “Pequeños sueños”. Éxitos e íconos absolutos del repertorio más pop del cuarteto y ambas pertenecientes al disco “Guau!” (2004). El mismo álbum que mantiene a poco más de diez solitarios espectadores gritando “¡Árbol, Árbol!” al costado de la reja que separa el escenario de la cancha. “¿Escuchaste?, hay diez pibes gritando por nosotros. ¡Está buenísimo!”, exclama sorprendido Martín, mientras Sebastián pregunta sonriendo “¿será que nos llaman para tirarnos cosas?”.

“Ya lo sabemos, todos tenemos un poco de miedo”

La estrategia es simple. Más allá de las dudas que haya sobre si usar antiparras al tocar, ponerse cascos naranja –improvisada protección ante la lluvia de proyectiles- o con qué canción terminar el repertorio de 20 minutos, para el pequeño Pablo Romero la idea está clara: “Lo que vamos a hacer es entregar un repertorio hardcore ligado a nuestros primeros discos y poco de lo nuevo… tres temas. Lo que sea que pase, tenemos que lanzarnos con todo. Me importa poco que griten o tiren cosas, es parte del juego”. Y en esto último no miente.


“Ya chicos, vamos a practicar”, exclama. Antiparras en los ojos, una lata de bebida a modo de micrófono, todo el staff agrupado en el lado opuesto del camarín y la ráfaga de botellas y latas cae sobre Pablito. La tarea es esquivarlas. “¡Tirámela con fuerza, ¿eh?!”. El acto se repite entre las carcajadas de los sonidistas, roadies y músicos amontonados entre sillones y restos de comida, mientras afuera la gente canta los acordes familiares de La Renga. Pablo celebra la ausencia de lesiones. “El coliseo está listo” se oye entre las trece personas dentro del encarpado. “Los que van a morir te saludan”, es la respuesta de Martín, levantando un brazo. La arena de lucha arde en griterío y ansiedad cuando quedan poco menos de treinta minutos para salir a escena.

“Esto no es miedo, es adrenalina”, aseguran los cuatro músicos, cuando quedan sólo ellos en el camarín. Durante la mañana visitaron la céntrica galería Eurocentro. Interesados en encontrarse con pokemones y “pelolai”, según recuerdan. Figuras urbanas incomprendidas para ellos. “La forma en que se visten no se condice con lo que escuchan”, cuestionan –señalando luego que dichos híbridos juveniles también existen en Argentina, pero oyen hardcore-. Similar a su situación: parte de sus canciones no tiene nada que ver con lo que presentarán ante el dividido público de esta tarde (luego habrá favoritismos por Ozzy durante la presentación de Korn). El set list lo abrirán las canciones “Siento”, “Sexo” y “Cruces”, mientras que el cierre quedará a cargo de “Jardín frenético” (preparada con guiños a Rage Against the Machine”) y “Cosacuosa”. Los miles de espectadores que aún no repletan el recinto cada vez vitorean con más fuerza y Pablo bromea “les deben estar pasando una remera de nosotros”. “Para que reconozcan el olor” dice Sebastián.

El camino al escenario –repleto de amplificadores vacíos y desconectados, como parte del montaje rockero-, dentro del backstage, es el más largo. El camarín de los trasandinos está al final de la seguidilla de puertas que unen todo el “tras las cámaras”, a un costado de la pieza personal de Jonathan Davis (vocalista de Korn), frente a la oficina de producción para toda su banda y a algunos metros de la sala de ejercicios de Ozzy Osbourne. En otro lado está el resto de los músicos de la banda norteamericana, además de su sala de masajes (“que bueno enterarme, porque estoy re contracturado”, comentará sobre ésta Martín). Los guardias parlotean en inglés. La acción comienza a agitarse. El staff ya tomó posiciones.

A minutos de subir, vuelven a la mente comentarios como “hay que matar a los qlios de Arbol” (sic). Justo cuando el cuarteto deja el camarín y avanza a la cancha acompañado por su manager, Pablo, quien registra toda la ruta en video. Sobre el escenario, las luces no van a tintinear. El combate será sin efectos especiales. “Estamos listos”, informan. Comienzan a caminar cuando el grueso de la multitud levanta las manos, dejando únicamente dedos del medio en el horizonte. Sin música de fondo, Árbol se abraza: “sólo paramos si uno cae, ¿ok?”



(TEXTO PUBLICADO EN PANIKO.CL / ABRIL 2008)
A un año, gente continuó posteando. Resulta que el interés suscitado por Árbol fue mayor en los lectores extranjeros. Y obvio, fanáticos de la banda